FRANCISCO BASALLOTE

A propósito de "OCHO ISLAS Y UN INVIERNO" de Marta Navarro.

Ediciones "El desembarco S.L.", Sevilla


Francisco Basallote

 

 

 

 

Cuando la luz penetra desde los espacios interiores del poeta a la emoción del poema, se ha producido un misterioso proceso de magia, aunque sea menor como dijo Borges, esa magia menor que es escribir un poema   aumenta sus dimensiones cuando el espacio del deslumbramiento es el mundo.  Es éste el caso del poemario Ocho islas y un invierno, de Marta Navarro (Zaragoza), que desde un estadio de sensaciones luminosas nos traslada a un archipiélago intenso de emociones tan plásticas, tan llenas de colorido, en un fecundo artificio de creación en el que suenan cercanos  los versos de Baudelaire y las restallantes pinceladas de los impresionistas.

 

En este libro eminentemente sensorial, en el que el color del mar y del cielo conjuga  en acertadas combinaciones  con el verde puro o el rojo decadente de las tardes como en una  fresca paleta de pintor, la poeta nos habla de sí misma, del amor, de lugares y tiempos de la memoria  en una poesía que en palabras de Luisa Miñana, prologuista del libro, es de “una fecundidad alquímica”.

 

Esta profunda necesidad de la luz es patente desde los primeros poemas del libro: “He llegado al embarcadero de la noche,/ desnuda y con hambre de luz./ Ya nada podrá detenerme.”, dirá  a modo de manifiesto y esa voluptuosidad se manifiesta  “Bajo las dunas de tus ojos..” , “…Al anochecer,/ tus caderas señalan el camino/ de la pirámide roja…” cuando “ Atardece en la colina de tus labios” y “ Un horizonte de nubes/ ilumina el camino hacia tus caderas/… /En las dunas de tu piel/ se detiene la nieve/ que mi cuerpo derrama/…” llegando a la profundidad del  amor “ Bajo las faldas de Liuba/ unos dedos de agua/ descubren húmedos/ y ovalados caminos./Susurros de placer brotan/ de sus caderas de arena y menta…”    

 

Colores asimismo de los lugares, de las ciudades luminosas,  “El bosque urbano que habitamos/ nos cede la memoria de la nieve.”, color  a veces triste como  “Hoy no escribo palabras, hoy las escupo, / las derramo una a una/ contra el cielo plomizo de Yakarta.”, o llenas de frenesí como “Regreso a Taormina,/ a la intimidad de sus curvadas calles/ …/con el sudor rubí en la cintura/ y el deseo trenzado/ sobre infiernos de seda.”

 

Y los colores recordados, la memoria, instrumento de la elegía, tan imprescindible para la poesía, “ En el pasillo de la vieja casa/ las sombras de los días pasados/ hacen su ronda nocturna…”. , “  …el silencio/ de los días azules…”,  lugares de la vivencia  donde se refugia el recuerdo, “ Búscame en espacios libres/ donde la nostalgia no afile sus cuchillos/ sobre la memoria de la nieve”.

 

Tras ello dirá: “Lo que queda del día lo guardaré/ en un cristal de pestañas azules…”

 

Un bello poemario, donde las ideas se visten de un lenguaje rico en metáforas que trascienden en un viento sensual cargado a la vez de misterio y de profunda intimidad casi mística… Una magia menor… 

 

 

 




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